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30 juillet 2015 4 30 /07 /juillet /2015 19:04

 

Marcel salió del cuarto de baño. Había llenado la bañera casi hasta el filo de espuma y aceites aromáticos. Había pasado toda una hora en una relajante sensación de ingravidez. Olvidado de todo y de todos. Olvidando que su compañero de piso también necesitaba al menos una ducha estimulante.

 

A Albert le gustaba ducharse con agua fría, le hacía saltar de sus pesadillas al aire cálido del mundo exterior. Porque era eso, el aire, lo único que lo recibía con esa calidez que añoraba. La calidez de aquellos brazos por los que hubo un tiempo que...

 

Pensaba que eran los dioses quienes manejaban los hilos de su desastrosa vida. Que si lograba pasar desapercibido no se fijarían y no se ensañarían con él, cosa que no lograba muy a menudo.

 

Aquel día iba a ser distinto. Había comenzado como todos los anteriores desde hacía ya casi cinco años. Se había despertado sudoroso y agotado, de la lucha que cada noche libraba con su pasado y que cada mañana abandonaba en su almohada. Una lucha cíclica que lo había mantenido en una espiral descendente desde entonces.

 

Rezando por que los dioses no lo descubrieran, salió de su casa encogido de hombros y con la mirada fija al suelo. Atravesando la pequeña plaza a la que desembocaba la estrecha y serpenteante calle, se sentó, como todas las mañanas, en la tercera mesa de la derecha de una terracita adornada con grandes macetones a ambos extremos, que acotaban el espacio reservado a la antigua cafetería donde, con una sonrisa franca, le daba los buenos días mientras le servía un humeante café, Eva, la camarera regordeta que había acompañado a Daniel desde que a este se le ocurriera, treinta años atrás, abrir un local, sin grandes pretensiones pero acogedor y sencillo, donde la asidua clientela había sido ganada a base de amabilidad, agradable servicio y buen café.

 

Se acomodó en la silla dando la espalda al desconchado macetón y, también como siempre, enfrascado en sus pensamientos, comenzó el que había llegado a convertirse en un ritual de gestos pausados. Sacó el pequeño portátil de la mochila colocándolo cuidadosamente sobre la mesa, dejó el paquete de tabaco y la funda de las gafas a la izquierda; y situó la taza de café a la derecha, junto al cenicero, a una distancia que consideró prudencial. Aquel juguete era su tesoro y no estaba dispuesto a perderlo por cualquier siniestra broma del destino. No hacía tanto tiempo aprendió que el café y el ordenador no se llevan nada bien.

 

  • ¿Profesor?

 

Levantó la vista aún absorto en sus pensamientos, y ahí estaba la rubia despampanante que había creído soñar en varias ocasiones, en las que conseguía atravesar sin ver ni ser visto, los mares de muchedumbre, empeñada siempre en entorpecerle el paso con toda clase de objetos malignos ideados a tal fin. Y es que no podía comprender cómo a ningún lumbrera, de los tantos asesores de políticos inútiles como viven a costa de abnegados ciudadanos indefensos, se le había ocurrido aún algún plan peatonal de circulación organizada y ordenada.

 

  • ¡Profesor!

 

Pues no, al parecer, aquella rubia que se empeñaba en no dejarlo pensar en paz, no estaba en su imaginación, sino apoyada en la mesa y con la boca casi pegada a la suya. Le dieron ganas de besarla pero, supuso, no habría estado bien, o sí que lo hubiera estado, al menos para él, aunque no estaba del todo seguro de que fuera eso lo que ella habría esperado de un tipo serio; y mucho menos así, sin más, en un primer acercamiento, aún estando tan tentadoramente cerca.

 

  • ¿Se encuentra bien?
  • Sí, muy bien.

Contestó lentamete mientras hacía resbalar las gafas por su nariz, dejando que su mirada se enfrentara sin obstáculos a la de ella.

 

  • Qué rematadamente guapa es la condenada. Pensó.

La imaginó condenada a vagar eternamente cogida de su brazo. Eso le hizo sonreír, haciendo que se iluminaran unos ojos de azul intenso, justo en el instante en que ella lo invitaba a zambullirse en un profundo verde mar. Así, por esta vez, la partida había acabado en tablas.

 

Él la invitó a sentarse; ella le habló de sus proyectos, de las dudas que le habían surgido a partir de aquella última conferencia que él impartió. Y en la tabla de aquella mesa, pensando que nunca se le habían dado bien las rubias, pero agradeciendo por una vez la benevolencia de los dioses, comenzó un nuevo juego.

 

 

 

 

A veces los dioses también se equivocan, pensaba mientras observaba, en un escaparate, el reflejo de una rubia despampanante, caminando del brazo de un tipo henchido de orgullo.

Le pareció todo tan absurdo, que tenía que ser real. Y no pudo reprimir una carcajada.

 

Yul.

 

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